shibari es amor

Hoy me pasó una cosa desagradable pero desgraciadamente habitual. Me encontré con una persona que se permite juzgar y condenar mi sexualidad en base a sus complejos, temores y prejuicios.

Voy por partes. Hace unos días compartí una sesión de fotos de shibari de la que estoy especialmente contento, tanto por lo bonito de la experiencia vivida como por la calidad artística de las fotografías resultantes (las fotos pueden verse en Tied4U ).

El fotógrafo y la modelo también compartieron el enlace en sus respectivas redes sociales. De entre los comentarios me llamó la atención uno que desprendía odio e ignorancia por los cuatro costados; acusándome de machismo, maltrato, y mercantilización del cuerpo de la mujer. Al tiempo que pone a la modelo como víctima incapaz de valerse por si misma, y mucho menos de defenderse.

A tan desafortunado comentario respondieron la propia modelo y personas más educadas y mejor informadas que la prejuiciosa vocinglera. Le hicieron saber lo errado de su opinión y lo pernicioso de su pensamiento. Todo esto con bastante educación, argumentos y razonamientos fundados. ... yo la hubiese mandado a la mierda con viento fresco directamente.

Como no podía ser de otra forma, su respuesta fue enrocarse y enarbolar el insulto y el orgullo como argumentos.

Realmente, ni su opinión, ni mucho menos su pataleta ultra conservadora, me importan lo mas mínimo. Pero me quedo con lo fácil y gratuito que salen los comportamientos xenófobos cuando el "otro" es un hombre, blanco, heterosexual y que vive abiertamente una sexualidad kink; y que, por hacerlo, en ejercicio de mis derechos y libertades me encuentro con que soy públicamente tildado de machista y maltratador. Calificándose de asquerosa la forma en que vivo, expreso y comparto mi sexualidad.

Estas mismas imágenes  entre dos hombres serían aplaudidas por la acémila en cuestión. Le servirían para epatar a su "manada" particular y figurar como defensora de las libertades y la igualdad. Si fuese una mujer la atadora y un hombre el atado posiblemente hasta se permitiese algún chiste grueso del tipo "esa es la posición que le corresponde a un hombre"

En un segunda lectura pienso en que quienes se encuentren con el shibari por primera vez, y no se fijen ni analicen lo que están viendo, pueden pensar en maltrato o machismo. Es entonces cuando veo oportuno explicar cuál es la realidad en mis sesiones de shibari.

Por ejemplo, la foto que ilustra esta entrada y que mi querida y mojigata detractora calificó de "horrible" corresponde a una de las sesiones publicas más intensas e importantes en más de una década de recorrido personal. Con lo que puede servir perfectamente para explicar la forma en que yo vivo el shibari, y quizás, solo quizás sirva para iluminar a quienes vagan perdidos en la oscuridad de la ignorancia y hacen gala de ello cada vez que pueden

Contextualizando. La foto corresponde a una sesión que hicimos Patricia (atada) yo (atando) y unas 20 o 30 personas (espectadores) durante el Congreso de la Federación Española de Sociedades de Sexología 2016. Es decir, todos los presentes eran profesionales de la sexología, buena parte psicólogos, muchos dedicados a la pedagogía, algunos especializados en violencia de género... La mayor parte mujeres. Todos muy concienciados y conscientes de los problemas de género y las desigualdades, injusticias y carencias de todo tipo que presenta esta sociedad.

La sesión en sí duró aproximadamente una hora, no había guión, no se trataba de una representación. Fue real. Compartimos con el público nuestros sentimientos, deseos y emociones.

Siempre empiezo las sesiones acercándome a la persona que voy a atar. Entrando en su espacio personal, transmitiéndole mis intenciones, intrigado aun sobre las suyas.

La restricción no es una opción en mi shibari. Impedir los movimientos creando bloqueos en el cuerpo. Utilizar su propia fuerza para vencer su resistencia. No se trata de ser rudo ni delicado, se trata de ser eficaz. De colocar su cuerpo en una posición anatómica concreta. Una forma que le impida moverse libremente, que me permita a mi, y a los espectadores, admirarla y, sobre todo, que garantice su integridad y bienestar físico. Todo ello utilizando siempre el mínimo de energía y esfuerzo.

Inmovilizada no irá a ningún lugar. El tiempo y el espacio son aquí y ahora. Su cuerpo está vencido, pero su mente aun impide que aflore su verdadero deseo. Gestionar la energía, manejarla, dirigirla. Explorar su mente y pegarme a ella para leer su respuesta. Buscar y encontrar las barreras tras las que se esconde.

En ese momento cambia el tono de la sesión, debo bajar o derrumbar esas barreras. El shibari es una magnífica herramienta que permite, por medio de procesos físicos y emocionales, anular el control sobre el subconsciente y hacerle manifestarse sin trabas. Es un proceso intenso, duro. En ocasiones gentil, en ocasiones brutal. Pero los sentimientos y emociones que afloran son reales, y son compartidos.

Para mi el shibari es sexo, es satisfacción de mis deseos y una vía para explorar las prácticas que me provocan excitación y retroalimentan ese deseo. Las personas con las que practico shibari comparten este gusto y forma de satisfacerse. No necesito permiso ni aprobación de nadie para vivir mi vida. No me importa si a los demás les parece bien o les parece mal, es su derecho tener su propia opinión y lo respeto absolutamente. Del mismo modo que tampoco acepto ser insultado por ello.

En la sesión de la foto, casi todo el público se enfrentaba a su primera experiencia con el shibari. Por momentos me llegaban sus respiraciones entrecortadas, el crujir de la ropa al cambiar de postura buscando una comodidad que no estaba en el asiento. También su calor, me sentí, nos sentimos, muy arropados. Abrazados por un publico de ojos abiertos que nos observaba con una mezcla de curiosidad, estremecimiento y excitación. Casi podía escuchar sus prejuicios derrumbarse al asimilar lo que estaban viviendo.

Cuando la persona atada queda expuesta no sólo muestra su cuerpo, también sus vulnerabilidades. Cuando estoy inmerso en la sesión también mi subconsciente fluye, si bien no de la misma forma que lo hace el de la persona a la que estoy atando. Y por lo que me comentan en las charlas posteriores a la sesión, los espectadores también son permeables a las emociones, a las suyas, y a las nuestras.

El shibari no deja de ser precisamente eso, compartir emociones, mostrar sentimientos, es una muestra de amor compartido con todos los presentes.

También es cierto que como cualquier otra manifestación puede ser mal interpretada, y por ese motivo siempre incluimos una charla con los asistentes tras la sesión. Verbalizar y compartir la experiencia vivida en primera persona ayuda a procesar las emociones que se despertaron.

El shibari duele, supone bajarse del pedestal, abandonar las certezas, vivir y asimilar la vivencia. Es un sufrimiento que disfruto y me enriquece en el plano personal. Que la ignorancia ladre me molesta, como las moscas al final del verano. No me quita el sueño, me deja un regusto a tristeza por la miseria moral de algunas, demasiadas, personas.